Desde tiempos milenarios el hombre ha buscado calorías y alimentos paralelos que complementaran el plato principal, en un comienzo el hombre encontró en la naturaleza provisiones a través de la caza, pesca o recolección, sin embargo, algunos árboles y arbustos ofrecían frutos dulces que caían muy bien como golosina y fuente inicial de azúcar, en esos momentos igual se acudía a la miel, un producto que se obtuvo desde hace 8.000 o 20.000 años, más exactamente en el pleistoceno tardío y luego en el Neolítico que surge con la agricultura.
Entrando ya en el tema de pastelería y bizcochería la historia empezó a contarse en el antiguo Egipto y en la radiante, colorida y potente Mesopotamia, cuna de grandes inventos y pionera en productos, soluciones y artes que marcarían el derrotero de la humanidad. Todo empezó hace 7.000 años en Egipto con panes rústicos a los que se les añadió miel de abejas, un manjar pretérito para faraones, así como para califatos y reinos por fuera del vecindario del rio Nilo, el gusto se extendió hasta las mágicas tierras occidentales de Asia por donde corrían vertiginosos afluentes como el Tigris y el Éufrates, sirviendo de riego y fuente de vida a las culturas mesopotámicas.
Algunos investigadores han precisado que en Babilonia se hacían pasteles dulces elementales hace unos 4.000 años antes de Cristo, eran postres a base de pan que llevaban frutas, miel, harinas de distinta procedencia y frutos secos, una mixtura que redundaba en panes dulces, pero totalmente diferenciados. Después, en el año 500 a.C vino un salto de calidad en la pastelería de Mesopotamia porque los Persas lograron obtener azúcar de la caña con lo cual fue optimizándose todo lo atinente a dulcería.
En síntesis, la historia de la humanidad tiene su capítulo dulce, empezó en Egipto y Mesopotamia, pero siguió extendiéndose por Grecia y Roma, las primeras elaboraciones llevaban aparte de miel, dátiles y frutos secos. En Grecia hizo su incursión la palabra pastel, ese pueblo legendario y cuna de guerreros y pensadores habló del pasté, sencillamente una mescolanza de harina y salsas, fueron ellos, los helenos quienes le dieron vida al hojaldre. Fue tan sublime este tipo de amasijo que se horneaban redondos y cubiertos de miel en honor a la diosa Artemisa, el principio o raíz de la especial torta de cumpleaños.
Los romanos en tiempos del imperio fueron muy proclives a la buena mesa y a los postres, los césares por medio de sus cocineros establecieron una marcada diferencia entre la panadería y la pastelería, en la segunda utilizaron harina, miel y queso.
El arte de hacer toda variedad de pasteles dulces, siguió su carrera evolutiva, tuvo sus retos inicialmente por la dificultad de conservación, pero en esos tiempos hubo distintas técnicas que ayudaron con la preservación de alimentos perecederos, el postre pasó de la supervivencia y la lucha permanente por la conservación en el poco deseable medioevo para convertirse en arte, clase, disciplina y exclusividad en los tiempos actuales.
En la Edad Media la pastelería y el arte de la repostería fue exclusividad de la nobleza y el clero, un tiempo en el que el azúcar era oro y verdadero lujo. Con las invasiones y la llegada de los árabes a Europa fueron apareciendo nuevas propuestas que surgieron con la introducción de recetas, técnicas e ingredientes.
Al abordar la máquina del tiempo y viajar a los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX es notorio el avance y la transformación de la pastelería ya que desde el Renacimiento entre los siglos XVII y XVIII la repostería y la misma pastelería dieron el paso y se apartaron de la llamada cocina de sal para alcanzar un nivel de profesionalización en Francia.
Insisto, la pastelería y la reportaría han marcado la vida del ser humano a través de su existencia, hay que decir que la llegada de la azúcar refinada fue clave en el desarrollo de dulces y nuevas recetas. La masa hojaldrada que ya se preparada en China en tiempos lejanos fue mejorada en el siglo XVII por Claude Gelée, un experto vital en la transformación de la contextura de los pasteles.
Todo creció y fue tomando mayor importancia, en el reinado de Carlos IX, por allá en 1556 fue fundada en Francia la primera corporación de pasteleros. Con el tiempo se determinó que sería el gastrónomo y cocinero francés Marie-Antoine Caréme en el siglo XIX el padre de la pastelería moderna. Los expertos aseguran que este portento de la culinaria subió el nivel de la pastelería llevándola a sitiales especiales y muy encumbrados gracias a sus técnicas, y creaciones artísticas, no en vano fue el autor de la obra El pastelero real.
En 1730 aflora el negocio pastelero y abre la puerta a la comercialización de tortas y elaboraciones de encanto, en ese año Nicolás Stohrer abre una pastelería en París, un grato inicio de los talleres o factorías especializadas en dulces y postres de gran calidad y cualidad.
En los albores del siglo XIX también aparecen los deliciosos pasteles de crema de leche, esa famosa oferta fue bautizada como Pastéis de Belém, una creación espectacular de los portugueses que aprovechaban la nata para semejante exquisitez, obra de los monjes del Monasterio de los Jerónimos en Belém ubicado en Lisboa, invento que llegó de manera oportuna ya que los monasterios cerraron en 1820 tras una revolución liberal que los clausuró y vendió sus activos. Ese capítulo termino con la venta de la receta, una operación que llevó a su comercialización por parte de Domingos Rafael Alves quien puso en vitrina pastelitos o barquitas que llevaban una crema hecha con leche, azúcar y yemas de huevo. Hay que decir que las cremas y postres fueron hechas desde siglos atrás, el crédito de la receta de nata pasó a los lusitanos en ese arranque del siglo XIX.
Hubo postres en los tiempos precolombinos
Los postres no fueron exclusividad de los grandes imperios europeos, africanos o asiáticos, en las américas y puntualmente en Colombia los indígenas aprovecharon el trópico e hicieron uso de manjares hechos con frutas y miel, otra extracción esencial. La Confederación Muisca tuvo sus momentos de dulzura, en esos tiempos la base de la alimentación fue el maíz y por eso fue usual preparar mazamorra endulzada, envueltos y tamales dulces. En cuanto a frutas, los caciques o zipas disfrutaron en trópico alto de curubas, uchuvas, moras y también de la guayaba, la base de los dulces ancestrales o prehispánicos.
No cabe duda, las preparaciones hechas con maíz fueron habituales y algunas eran consideradas como selectos manjares, básicamente los hechos con miel o los endulzados con sacarosa extraída de la caña de los maizales. Con la conquista española y la colonia muchos de los platillos aborígenes avanzaron e inclusive fueron mejorados con nuevos ingredientes, de todas maneras, hubo apego por lo hecho y eso conllevó a que muchas recetas se mantuvieran como es el caso del altiplano cundiboyacense en donde se inmortalizaron envueltos y mazamorras.
En tiempos anteriores a la conquista el hombre americano no solo se deleitó con las frutas en alta cantidad y diversidad, de América es originario el cacao que sirvió para preparar chocolate, también fue común la vainilla, el aguacate y el dulce de calabaza el cual era cocinado con mucha miel.
Ponqué, Una rica palabra que llegó para quedarse
En Colombia es muy usual hablar de ponqué, bien sea por los cumpleaños, el matrimonio, la primera comunión, el bautismo en donde todos comen, beben y gozan menos el bautizado, también por el grado de bachiller y luego el de universidad, obviamente el del día de la madre, día del padre o simplemente un encuentro en donde un trozo de rico pastel marca la fina nota.
El ponqué tiene su origen en Londres, Inglaterra, ciudad en donde al parecer empezó a producirse desde 1703, inicialmente se conocía como moofin un acomodo lingüístico de la palabra francesa moufflet que significaba pan suave.
La expresión ponqué arribó a Colombia en los comienzos del siglo XIX, es posible que haya llegado entre 1810 y 1819, casualmente dos fechas libertadoras. La palabra viene de Inglaterra, un vocablo anglosajón común, pound Cake el famoso pastel de libra que entró al país de la mano de los soldados de reino Unido que apoyaron la causa libertadora.
Hay que tener en cuenta que en esos momentos la palabra bizcocho ya era usual, la adopción del término y la receta como tal se afianzó debido a que algunos militares ingleses optaron por quedarse en Bogotá, la ciudad prospectiva del Nuevo Reino de Granada que súbitamente empezó elaborar, vender y comprar ponqué. En Inglaterra en el siglo XVIII la expresión pound cake hacía referencia a la receta tradicional que contemplaba entre 450 y 500 gramos por separado de harina, mantequilla, huevos y azúcar.
Ya en el siglo XX la gente habló de ponqué por fechas especiales y por personas diestras que los fabricaban de acuerdo a la ocasión, pero el tremendo referente es Ponqué Ramo, empresa creada en 1950 por el señor Rafael Molano y su señora Ana Luisa Camacho que iniciaron con la venta de bizcochos caseros en la capital colombiana, eso sin dejar de citar que lanzaron para siempre el ponqué Gala y el infaltable Chocorramo. Así fue la cosa, la gente de tanto escuchar la locución pound cake introdujo una palabra al español, haciendo posible que llegara a los hogares el enfático y muy hogareño ponqué.
Al país llegaron en los años 60 y 70 muchas firmas especializadas de España que se hicieron con buena parte del mercado de ponqués y bizcochos, luego lo hicieron firmas americanas y de todas las latitudes quizás sacando provecho de la globalización, pero en el país igualmente hubo talento y unas recetas que enamoraron y siguen enamorando.
Es imposible olvidar momentos o partes de la historia, la colonia trajo de España muchas recetas, pero igual nacieron postres inmortales y sumamente tradicionales como arequipe, natilla y las brevas con queso. Muchos inmigrantes pusieron su bandera y es por eso que aparte de pastelerías como La Toledo que abrió en 1964, Santander, El Quijote y La Madrid, al país llegaron otras casas pasteleras como Belalcazar en 1942, una apuesta de ciudadanos alemanes y el encanto repostero francés, surgió La Florida que se fundó tras la migración del pastelero español José Granés quien salió de su patria en la década de los 30, el negocio fue fundado en 1936, nace luego pastelería Guernika en 1957 y la Bella Suiza que abrió sus puertas en 1932 que por iniciativa de Fritz Brodbeck dispuso de pan artesanal y repostería clásica.
Dentro de la capa de inversionistas extranjeros en el sector pastelero está el nacional francés Mauricio Tiphaine quien fundó en 1951 Pastelería Cyrano, todo un emblema de la repostería capitalina inspirada en técnicas europeas.
Este empresario quién llegó inicialmente a Barranquilla en donde administró el Hotel El Prado inició labores con su primera pastelería que llegó para quedarse pues su tradición supera los 70 años.
Es oportuno indicar que los países con mayor prestigio en la pastelería moderna son Francia, Italia, Austria, Portugal, España, Japón, Hungría y Estados Unidos. En repostería Colombia ocupa un puesto demasiado destacado en Latinoamérica y las escuelas del Viejo Mundo aportaron en demasía, de todas maneras, los grandes maestros surgieron para llevar este arte gastronómico a estándares bastante sublimes.
Hay marcas como Yanuba que endulzan la vida bogotana desde 1947, pero asimismo hay nombres emblemáticos en pastelería y repostería de la talla de Luis García, Víctor Araque, Laura Quintero y Samuel Araque. En estos momentos de emprendimiento, empuje y nuevas propuestas surge un negocio y una pastelería en el noroccidente de Bogotá que ya está dando de qué hablar, se trata de Ana María, todo un crisol en la nueva manera de deleitar gustos con apuestas audaces, cremosas y decididas.
En el pleno corazón de Villa Luz en la carrera 77 se muestra iluminada la pastelería Ana María, una apuesta empresarial y diferente que ha seducido a propios y extraños habida cuenta que al espectacular local de paredes tono rosa llegan clientes de otros sectores de Bogotá los cuales no solo cierran sus ojos con cada dulce bocado sino que viven la experiencia del café especial de finas notas, fragancia única y sabor que explota en el paladar, un bebestible suave, muy colombiano y arrancado de las montañas de Cundinamarca para llegar a este nuevo santuario de la repostería.
En charla con Diariolaeconomia.com, la gerente y fundadora de Ana María Pastelería, la muy amable Ana María Aramendiz Muñoz afirmó que nació predispuesta para desarrollar su habilidad y arte pastelero, no sin antes saber que eran dificultades y todo aquello que la vida sabe poner como pruebas de resiliencia, combatividad, ingenio y capacidad. Vio la luz de la vida en Garzón, Huila, pero llegó a Bogotá cuando tenía apenas tres meses por lo que se siente rola, bogotana pujante y muy feliz de lograr metas en la gran metrópoli, en la Atenas Suramericana, ese remoquete que se le dio a la capital desde 1883, en las postrimerías del siglo XIX y que hoy ven consolidado un endulzado proyecto en esos 2.640 metros de altura.
Ana María es una mujer aferrada a la fe y al trabajo, se puede definir como una mujer que puede pasar por la adversidad, pero sin soportar o asumir la derrota, de hecho, cada caída es una cuota adicional parta alcanzar la siempre dura cima del éxito, tiene claro que en la vida gratis no dan nada.
La pastelería ha sido una fijación, cuando tuvo 18 años adquirió un negocio de este tipo en el sector de Villa del Río, pero tuvo su primera prueba, con ese negocio quebró, fue una experiencia tremenda porque prácticamente le tocó hacer de todo, crear, atender, mantener el lugar en condiciones, un reto que asumió sola hasta que las cifras no cuadraron, cerró y partió para una tierra sagrada, la empresaria vio una oportunidad en Chiquinquirá, Boyacá, allí todo resultó a pedir de boca, las cosas salieron muy bien, pero por asuntos del destino resultó nuevamente en Bogotá en donde incursionó en un sector económico exigente, pero rentable, la atención de eventos, en ese entorno atendió matrimonios, 15 años y muchas otras ocasiones especiales en los que hizo los montajes y literalmente puso la torta.
Su portafolio no se quedó en las celebraciones o conmemoraciones, también atendió servicios a domicilio para personas en condiciones especiales, posteriormente se asoció con su hermana Wendy, un momento agradable porque trabajaron juntas por espacio de tres años, igualmente duro porque se llevaban tortas por toda la ciudad en moto.
Tras un ahorro interesante las dos empresarias decidieron que era hora de abrir un local para comercializar pasteles, bizcochos y muchas delicias más, en 2024, hace tres años le dieron apertura a un local en el mismo Villa Luz, resultó algo estrecho más allá de que era un lugar agradable. El tiempo habló y a la par la calidad del producto, el sitio se quedó pequeño y lograron hacerse con otro espacio en el mismo sector, pero de mayor extensión y comodidad.
El inicio del nuevo negocio fue relativamente fácil, por el aura y la dinámica del local, Ana María sintió sensaciones amenas, bendiciones manifiestas y supo que al que le van a dar le guardan, “lo que es para uno, es para uno”.
El negocio de perfil muy familiar siguió consolidándose, su hermano Willián Andrés es pastelero y eso hizo más fácil crecer y potenciar portafolio. Un ojo avizor y muy al tanto de todo lo que allí ocurre es el que tiene la señora madre de Ana María Luz Nelly Muñoz, una unión consanguínea y espiritual que se fortaleció sobre valores, compromisos y propósitos, receta de vida que llevó a que todo saliera muy bien, un proyecto que por su crecimiento hoy encaja en el olimpo del éxito.
Esta encantadora mujer, diestra en el arte pastelero se hizo de manera empírica, empezó a trabajar en el sector desde los nueve años cuando su hermana mayor contrajo nupcias con un pastelero en el barrio Kenedy, allí arrancó limpiando y ordenando por un ingreso de 2.000 pesos que caían muy bien para una niña que buscaba mejorar sus onces en el colegio. De inmediato le dijo a su cuñado que le enseñara y fue así como empezó decorando moldes, escaló y pasó a la producción de postres y luego se vio haciendo tortas para eventos, allí estuvo por largo tiempo y fue así como William Andrés y Ana María hicieron carrera muy cerca de un empresario dueño de pastelerías en el suroccidente de Bogotá.
Todo ese aprendizaje fue potenciado con videos y cursos de pastelería ofrecidos en Bogotá, algunos no eran posibles poque tenían un valor elevado, fue canalizando conocimiento de manera paulatina, con calma y paciencia aprendió, leyó sobre postres y tendencias, la investigación estuvo a la orden del día y entró a regir la prueba de error, empero, Ana María nació para la pastelería y por eso hoy es empresaria y ganadora en un sector que selecciona los mejores para catapultarlos en un exigente mercado.
Los laureles que hoy tiene Ana María sobre su cabeza y que demuestran capacidad, inventiva y atributo no son fortuitos, ya eran conocidos por hacer productos de espectacular calidad y hoy el público se ha multiplicado porque encontró opciones en esta pastelería, además en Villa Luz cautiva un hermoso y pulcro salón de onces y zona de café que alegra la vida de cualquier persona, a tal punto que para muchos es imperdible, acuden religiosamente.
En Ana María y la pastelería todo pasó muy rápido, pero de manera disciplinada, quizás con esta emprendedora mujer y su empresa familiar no aplica la expresión latina in illo tempore, es una bonita realidad que construye los cimientos para un fantástico futuro.
Dentro de las opciones de la pastelería hay una buena gama de postres o pasteles tradicionales, ello porque la repostería tiene una magnífica historia en donde grandes maestros dejaron una huella que se honra con grandes preparaciones y técnicas vetustas, fundadoras y vanguardistas.
La decisión de Villa Luz, dijo Ana María, fue un acierto por tener un mercado generoso y muy bien ubicado porque el sector se articula con otros barrios que aumentan la expectativa de venta. Hoy por su dedicación y ahorro la empresa adquirirá un vehículo para transportar las tortas y dentro de su plan de expansión contempla abrir otro punto en el norte de Bogotá, posiblemente en mayo del próximo año, ojalá antes del día de las madres.
La idea de la empresa es manejar calidad y defender la reputación ganada, la marca tiene claro que el mercado natural es Bogotá y que es ahí en donde debe focalizar su crecimiento, eso sin descartar ir a otras ciudades a futuro bajo el esquema de asociación o factiblemente acudiendo a la figura de franquicia, pero para eso habrá un juicioso estudio y poder tomar decisiones sobre la base de la certeza.
Café suave y especial, un complemento ideal
Dentro de las características y valores agregados de Ana María Pastelería está la posibilidad de tomar café suave colombiano, un grano diferenciado que brinda sabor y aroma a cualquier hora del día. La empresaria con esa vena opita que tiene ama el café de verdad y por eso escogió calidad antes que precio porque de todas maneras es una manera amable de rendir tributo a los caficultores colombianos que siguen dando lo mejor para obtener café especial, totalmente distinto y todo un bálsamo para el alma.
En sus inicios el café que se vendía no era del gusto de Ana María, siempre quiso que su empresa diera la oportunidad al cliente de tener acceso al café colombiano y por eso quién vendió la máquina o cafetera expreso resultó ser el ángel del camino porque comercializaba igualmente grano y fue así como la pastelería puso a disposición del público un café de especialidad cultivado y beneficiado en Cundinamarca, un tremendo producto que generalmente termina lleno de halagos y piropos.
Geopolítica les pasa factura a todos los agentes económicos
Con la crisis económica que crece por todo el tema geopolítico, como ha sido histórico, todos los empresarios y agentes económicos del mundo están afectados y dentro de ellos los colombianos que siguen viendo crecer los precios de las materias primas y con la incertidumbre de qué hacer a futuro si todo sigue por la vía bélica y se ve aún más trastocada la cadena de suministro.
Para la repostería el tema es bien complejo porque los precios siguen repuntando de forma exagerada, el año pasado, explicó Ana María, los insumos para pastelería registraron cuatro incrementos y eso cubre harina de trigo, azúcar, derivados lácteos y chocolates entre tantos, un encarecimiento ilimitado que enciende las alarmas.
“Aquí manejamos muy buenas materias primas, un ejemplo chocolate Cordillera, La Nacional, pero preocupantemente suben desmedidamente, eso nos lleva a hacer un ajuste, pero no puede ser tan ponderado porque el cliente se siente afectado y son cosas que algunos no van a entender, sin embargo hacemos nuestra ingeniería financiera para tener el producto con toda la calidad, pero la verdad, todo sigue subiendo de precio, de hecho hace como dos semanas le subieron a los huevos cuatro veces, de a 20 pesos, 30 pesos y así sucesivamente hasta poner un producto avícola tremendamente caro”, declaró la muy gentil Ana María Aramendiz Muñoz.
Una salida para el abastecimiento de materias primas frescas y de calidad es haciendo realmente sustitución de importaciones, cultivando más y llevando a la cadena de transformación productos del sector primario evitando costos adicionales por fletes, impuestos de aduana, aranceles y otros costes. En opinión de Ana María la solución está en el campo que sigue subutilizado, contexto que niega una mejor vida a campesinos y empresarios del agronegocio hoy en vilo por las guerras, la incertidumbre y el riesgo que se cierne sobre la cadena de suministro a nivel global.
Cierto, añadió Aramendiz Muñoz, es que el gobierno a través de sus ministerios de Comercio, Industria y Turismo, el de Agricultura y hasta el de Hacienda, deberían hacer una mejor labor para incentivar la producción nacional, reducir la dependencia y garantizar seguridad alimentaria incentivando las siembras, la cría de ganado y de especies menores, todo a precios locales accesibles y facilitando el desarrollo de otros sectores productivos que siguen viendo palos en la rueda debido a importaciones exageradas y lastimosamente a una ruralidad destruida.
La empresaria deploró que en un país con una impresionante capacidad agrícola no se haya hecho lo necesario para reavivar la economía campesina, una situación que entristece y que invita a que los gobiernos venideros apalanquen sus planes de desarrollo en la agricultura y la reindustrialización porque tal y como van las cosas, hay todo menos futuro.
Cuando la empresaria habla de precios altos no bromea ni exagera, es tan preocupante el asunto que cinco kilos de chocolate Real cuestan nada más y nada menos que 400.000 pesos, una caja que hace dos años o menos se conseguía en 280.000 pesos. El galón de vino que valía ya con ajustes 230.000 pesos volvió a subir hasta alcanzar los 380.000 pesos, como quien dice que los pasteleros están tratando se subsistir y aguantar porque tienen producto en vitrina con insumos absurdamente costosos.
Este, subrayó la empresaria, no es un tema menor porque hace pensar en cambiar de proveedores, rediseñar la estructura de costos de la empresa, pero sin sacrificar calidad, dicho de otra forma, tremendo coco porque, por ejemplo, una milhoja sin la crema de leche adecuada aleja al cliente y ene se sentido no es bueno jugar con las materias primas y allí, anotó, es vital la fidelidad con los distribuidores.
Hay que reconocer que Ana María es una mujer valiente, amén de las circunstancias, de algunas dificultades y de las vicisitudes, sigue firme, se mantiene incólume y en pie de lucha porque tiene competencia igualmente buena, de todas maneras, el sector y otros que ya están llegando, ven en esta innovadora pastelería sabores y texturas diferentes, algo que estaba haciendo falta.
Ana María Pastelería maneja 120 productos entre galletería, postres y tortas, la firma ofrece el cheesecake frío, postres tradicionales como el arroz con leche, Napoleón de limón y toda una línea francesa como el Petit Antoine, postres derivados del chocolate real, igual está en portafolio pasión de maracuyá con galleta de sablé de chocolate, postre de pistacho con lulo y una línea nueva que consiste en unos alfajores con receta totalmente argentina, un producto que llevó a Ana María a tierras del Cono Sur, de un lado al sector porteño de Buenos Aires y claro está, al punto en el que hacen los mejores, los que se elaboran en Patagonia, más exactamente en Chaltén, provincia de Santa Cruz, lugar de parajes andinos y glaciares, claro está, hogar del cerro Fitz Roy, totalmente majestuoso, inspiración para la acreditada pastelera.
Luego de probar ese encanto patagónico, Ana María se propuso replicarlos porque en Colombia no se vende un buen alfajor, seguramente los Del Cerro, que agradan y son buenos, pero la idea es alcanzar la calidad de los preparados en Chaltén y lo cierto es que la casa de pastelería ya los hizo, una muestra de tozudez y empuje.
En el hermoso salón se consigue igualmente muffin de Chocolate y galletería tradicional como la de avena, nuez y frutos secos, está el muffin de chocolate relleno de Nutella y galletas New York entre tantos productos hechos en Ana María Pastelería que asimismo maneja tortas para ocasiones especiales como grados, cumpleaños, fiestas infantiles y todo lo que implique festejo.
La torta es muy rica y se hace con todas las frutas, de todo tipo y al gusto del cliente. Para el día de la madre que mueve las ventas de manera importante se ofrecen cajas de trufas, postres decorados para las progenitoras, un día que obliga a sacar mucha producción desde temprano porque la gente siempre quiere llevarle algo a la mamá, sin duda el mejor día del año para los pasteleros.
Los colombianos aprendieron del arte pastelero, aseveró Ana María, lo cual explica porqué hay grandes casas y personas muy calificadas llevando creaciones espectaculares en repostería. Seguramente ayudaron las escuelas europeas que llegaron a Colombia, pero surgieron maestros nacionales y hoy tienen niveles muy altos en la creación de tortas y pastelería en general, una de ellas la joven Ana María.
La pastelería genera empleo de calidad, el equipo está conformado por 11 personas, algunos hacen parte de la familia, pero siete almas disfrutan de un excelente ambiente laboral ya que Ana María en un tiempo fue empleada y no fue bien tratada, una lección de vida que la llevó a tener personal feliz, motivado y en el mejor ambiente. Su gente recibe respeto, afecto y en su jornada desayuno y almuerzo.
Le va bien con una chica graduada de la Escuela de Gastronomía Mariano Moreno que decora y ensambla postres de manera eficaz y con un egresado del Servicio Nacional de Aprendizaje, SENA, lo cual la tranquiliza porque el SENA forma con excelencia al igual que otras instituciones especializadas.
En el relevo de postres Ana María opta por rotar postres franceses, ello porque en Colombia hay una enorme oferta de frutas, una opción inmejorable para aprovechar todo lo que brota de las tierras en los tres tipos de trópico.
Impuestos, otro martirio
Como acontece con muchos empresarios, el tema impositivo es sinónimo de tormento por cuanto existen tarifas en el estatuto tributario que resultan exageradas así se diga que son iguales o menores a las de otros países, como se diría, “mal de muchos, consuelo de tontos”.
No solamente en el sector de pastelería, en el total de la industria hay una carga tributaria que resta utilidad, competitividad y castiga fuertemente el crecimiento. Por ejemplo, un IVA del 19 por ciento es demasiado dinero en una operación que nunca se refleja en el bienestar de los colombianos por cuanto hablar de asistencialismo es reconocer la incapacidad de un Estado para generar oportunidades de ingreso digno, es decir puestos de trabajo y prestaciones sociales.
Los países no crecen con obsequios de dinero, lo logran con inversión, empresas dinámicas, agricultura desbordada y condiciones contractuales, hablar de otra cosa es mentir, aunque esa fue una herencia de hace 30 años que sigue persiguiendo a quienes desde la tribuna de la formalidad hacen patria creando empresa.
En opinión de Ana María, es muy duro para un empresario invertir, pagar obligaciones de todo tipo y saber que Colombia no refleja en calidad de vida y desarrollo el monto que los gobiernos logran por recaudo.
Es claro, la gerente y fundadora de Ana María Pastelería, es una mujer feliz, ama su familia. En hora buena su vida ha transcurrido en medio de la coherencia, la sensatez y el emprendimiento, por eso construyó una marca potente, un punto de partida para grandes cosas. Ama igualmente viajar, conocer y aprender de cada región o país que visita.
Resultó gratísimo hablar con la grandilocuente Ana María, una empresaria ejemplar, antes que ella, piensa en su gente porque es consciente que su equipo unido construye marca y garantiza sostenibilidad. Es de lejos un paradigma de equidad, perseverancia, laboriosidad y responsabilidad. Quizás por ello, al sabor de un buen café colombiano y un trozo de cheesecake horneado, tras una jornada dura eleva su mirada para darle gracias a Dios, acompaña ese momento especial con la imagen de su sobrino Salvador, su otro amor. Agradece estar en esta vida sin envidias o prejuicios, solamente con ganas de crecer y ver siempre llenas esas 17 mesas.
Qué bueno que Colombia tuviera muchísimas Ana Marías, así, nobles, honestas, dedicadas y sin conocer aplazamientos o puntos finales. Seres humanos tan especiales como el café Geisha, viendo con orgullo cada sonrisa y cada gesto de amabilidad que obsequian las cordiales mujeres que atienden el bonito y acogedor sitio de los postres y las tortas, en donde la vida de verdad se torna dulce y tiene total sentido.