Hoy la palma de aceite se consolidó como un cultivo rentable y dueño de un modelo de economía agraria digno de replicar en toda Colombia y el mundo entero. Esta siembra prosperó sobre pilares de inclusión, tejido social y empresarial, pero igual bajo estrictos parámetros de respeto por el agua, el medio ambiente y con ellos la existencia innegociable de especies de fauna y flora.
Bajo las palmas hay suelos vivos, los productores acordaron condiciones para no competir con los ecosistemas y permitir que de su sombra disfruten venados, dantas, aves de todos los tipos y muchas otras especies tropicales. Por sus corredores biológicos caminan prevenidos los reyes y las deidades milenarias de los territorios palmeros, los jaguares, esas fastuosas panteras sinónimo de potencia, fuerza e inteligencia, gran yaguareté manchado, el gato de la casa de los dueños originales de las selvas y las calurosas sabanas.
Actualmente la palma de aceite colombiana deja ver no solo dinámica y convivencia ambiental, también un trabajo articulado entre géneros y allí el tema adquiere máxima relevancia porque de esta siembra hace parte la mujer, las féminas de la ruralidad, algunas jóvenes, pero inquietas y cargadas de conocimiento, otras matronas y con la mirada recia de quien trabaja la tierra y devuelve gratitud antaña en cada hectárea cultivada. Hoy la plantación de palma no solo tiene propietarias, también trabajadoras bien remuneradas y trascendentales para que los campos prosperen porque sus manos delicadas y naturalmente dadoras de vida son vitales en la polinización y la expansión de una actividad que sigue dando lo mejor de sí porque en los palmares todos son dueños, todos trabajan y nadie se ve en dificultades porque entendieron el valor de un término esencial en el progreso, “asociatividad”.
Nadie discute que el hoy de las mujeres palmeras llega a niveles admirables, su trabajo las llevó un olimpo merecido y trabajado, pero no se puede olvidar que detrás de cada mujer palmera hay una historia, un comienzo difícil de sus vidas en donde la violencia fue la gran anfitriona, en esas zonas de actual generación de riqueza caminó impía la parca, grupos armados ilegales que se creyeron con el derecho de arrancar vidas inocentes, bandas temerarias que le producirían convulsiones al mismo Atila. Fueron tiempos de despojo, maldad, maltrato, humillación, pavor y muerte.
Esos rostros de las mujeres de la palma de aceite seducen por su sonrisa, hoy de regreso por la laboriosidad y los resultados económicos alcanzados, pero en cada uno de sus corazones sigue el luto, el dolor y un lamento visible en las pupilas brillantes de miradas furtivas, porque siguen en la mente padres, hermanos, madres, esposos, abuelos, tíos, amigos y gente buena que un día cualquiera dejó de existir, no por el calendario divino, ese punto final lo puso la sed de venganza, la codicia, el odio y un poder leonino expresado en armas, mal trato y amenazas. Esa Colombia de las orillas, el país limítrofe y la patria profunda fue asesinada, conminada al silencio y con un solo derecho, entregar tierras y huir.
Es por eso que la siembra de palma resultó un paso enorme hacia la reconciliación, el perdón y la reconstrucción de vidas como también de sociedad. Atrás quedó el país de la coca, planta ancestral y nada nociva en tiempos milenarios, pero transformada en tragedia por su conversión a alcaloide y muerte, un deceso terrible fruto de la degeneración y degradación humana, que les llega no solo a los consumidores, también a las familias y a las comunidades que siguen viendo caos detrás de ese macabro y demoniaco polvo blanco.
Actualmente hay vida en las zonas palmeras, muchos abandonaron los cultivos ilícitos y avanzaron hacia la tranquilidad, el progreso y la rentabilidad. En ese sector afortunado para quienes ya se dieron cuenta que de verdad funciona para todos hay mujeres palmeras, hacedoras de adelanto, vida y productividad, en buena hora y en contra de una adversidad que se fue quedando en el pasado.
No olvidamos los logros de las mujeres palmeras, reconocemos con orgullo de país todo lo alcanzado por Sandra Lamus, Edilia Alvarado y Yessy Mendoza en Tibú, Norte de Santander, no pasarán al olvido esas lágrimas que salieron de los constantes manantiales de la nostalgia, de verdad las acompañamos a ustedes y a todas. Seguramente para muchos terminó la horrible noche, pero ustedes y muchísimas damas de la ruralidad ven el sol de la vida orando y evocando a los hoy ausentes, seres de luz que con seguridad están orgullosos y honrados con los cielos que ustedes escogieron, sepultando odios, revanchas, injusticias y ajenos actos malvados, hoy respiran con optimismo bajo la ilusión que genera el aguardar las promisorias cosechas porque por fortuna la vida sigue y las metas no se marchitan sobre todo cuando se camina bajo las bellas y refrescantes palmas.
La siembra de palma trae historias y casos de éxito en todo el país palmero y allí están incólumes las palmicultoras que optaron dejar un pasado en las manos de Dios para encomendarse al Rey de Reyes y ver con agradecimiento la retribución divina, la misma que se vuelve aceite, ingreso y mejor calidad de vida.
En dialogo con Diariolaeconomia.com, la palmicultora proveniente del exótico Guaviare María Dilia Castillo dijo que, si bien nació en Cumaral, Meta, después de 40 años de residencia tiene alma y corazón guaviarense, apenas entendible. Lo cierto es que en esa tierra aprendió de cultura, vida y agricultura, de la buena y de la que se tenía que esconder, llegó cuando tenía 20 años y vio pasar mucha agua debajo del puente, solo que fue tomando para sí lo mejor de un destino paradisiaco, lo bueno de tantas personas y la fortuna de sembrar palma y hacer agricultura lícita para tener mejor vida, proyección y todo el sosiego.
Desde su punto de vista, sembrar palma fue una experiencia maravillosa porque anteriormente se tenían en la finca otros cultivos, pero en su casa rural llegó una bendita visión y fue cuando decidió entrar al mundo de la palma de aceite, una siembra que la enamoró porque genera buenos ingresos, dinamismo económico y empleo, un cultivo de largo plazo que permite mirar con tranquilidad hacia el futuro porque hay una renta que pasará as manos de hijos y nietos.
La señora María Dilia Castillo tiene cinco hijos, tuvo un compañero de vida con el que decidió unirse en matrimonio, pero la pandemia del Covid-19 pasó por su casa hace cuatro años y montó en el bus del adiós a quien construyó familia y sueños con ella.
“A mi esposito, Alfonso Montenegro, se lo llevó la pandemia, me quedé luchando y cuidando todo lo que es ganadería, tuve que estar al frente de las fincas y de lo que quedó. Con la palma llegaron nuevos aires y una manera distinta de existir porque con la soledad, los retos del día a día y un sentimiento de tristeza post perdida sinceramente le cambia a uno la vida porque siempre que algo pasa nos toca a las mujeres tomar aire a bocanadas y echar para adelante, con marido o sin marido, la idea es no bajar la guardia, no permitir que la derrota avance y caso contrario darle al duro camino de la vida sin parar”, comentó la palmicultora.
Hoy, recalcó, está muy feliz con sus siembras de palma de aceite porque vio que en 10 hectáreas de tierra no puede tener 1.500 vacas, pero sí 1.500 palmas que después de que empiecen a producir, esas palmas dan fruto mensual o cada quince días mientras que una vaca ofrece un ternero cada año o cada dos años, una muestra de que llegó al sector que era porque es tan buena la rentabilidad y los rendimientos que María Dilia optó por convencer a sus vecinos, una especie de evangelización agraria porque quiere que todos disfruten de una excelente agricultura, de buenos ingresos y de un mejor modo de vida.
La experiencia con el ganado ha tenido sus altibajos porque hay costos en los insumos ganaderos muy altos como la sal y otros que se necesitan para una buena suplementación y engorde de novillos y hembras. Apuntó que diferente a la cría de bovinos, cuando la palma se tiene a buenos niveles, con buena altura en producción es doble propósito porque los terrenos son ideales para que pastoreen las vacas.
En su plática la admirable mujer palmera expuso que más allá de que siga creciendo con palma, la ganadería es una labor que no puede abandonar y mejor cuando es compatible con los menesteres palmeros.
María Dilia es una mujer sincera y firme en sus convicciones, anotó que antes de la palma, la siembra de la finca era de hoja de coca, un cultivo que exigió demasiado el trabajo cuando las mafias de los alcaloides eran más fuertes y demandantes, eran momentos bravos en los que se cultivaba y se recogía coca para almacenar en una bodega, tiempos en los que se “planteaba” a todos los cultivadores. Un momento para la reflexión porque aparte de las ganancias todos sabían que eran siembras ligadas a la muerte o la cárcel.
“Gracias a Dios salimos de eso y ahora le jugamos limpio, estamos totalmente entregados a la palma de aceite y a la ganadería, dos actividades estupendas que bien hechas y con disciplinas dan ganancias y permiten hacer agricultura de verdad. Yo espero que todos en las zonas cocaleras cambien el chip y sigan esta línea porque se garantiza empleo y tranquilidad, tanto como las personas no tienen que migrar o irse a sufrir a otras partes, aquí está todo, solo que hay que verlo, cuidarlo y apreciarlo”, expresó la palmicultora.
En el Guaviare, departamento de 103.237 habitantes, solo hay agricultura lícita con ganadería y ahora palma, pero en opinión de María Dilia Castillo, hay espacios para muchos otros productos porque el Guaviare es una tierra amable y bondadosa, mucho más si se trabaja la agricultura como debe ser.
Esta palmera es la única persona que siembra palma en el Guaviare, pero cree que en poco tiempo muchos agricultores y finqueros van a pasarse a este cultivo del que ya tienen las mejores referencias porque además de dar buenos ingresos está rodeado por la institucionalidad y una gremialidad sólida, responsable y trabajadora.
Expuso que, debido a las motivaciones de la Federación Nacional de Cultivadores de Palma de Aceite, Fedepalma, sus hijos ya se entusiasmaron y van a sembrar palma, lo tienen claro. María Dilia, una mujer tranquila, amable y comprometida con lo que se propone agradeció asistir al 54 Congreso Nacional de Fedepalma en Barranquilla, invitación que no se esperaba y que recibió llena de orgullo y con lágrimas en sus ojos, nuevamente sintió que iba a estar en familia, en el gran núcleo palmero.
“Estoy muy agradecida con la federación y con el cultivo porque sembrar palma es igual a poner semillas de fe, a recibir cosechas generosas para cambiar la vida para bien”, agregó la empresaria, ni más ni menos que la primera palmicultora del Guaviare.
Al hablar de agricultura aseveró que en el mundo de las siembras no hay tierras o terreno áridos, argumentó que quizás esa aridez esté en el conocimiento y hasta en el corazón, pero recalcó que cuando alguien quiere vivir de la agricultura sana hasta en un desierto se pueden cultivar las mejores flores y las más dulces naranjas, todo, dijo sale de la visión y la misión, pero enfatizó que para ella ha sido toda una bendición el cultivo de palma, algo que les está inculcando a sus hijos porque aspira que cuando tenga que irse al encuentro con su esposo, la palma de aceite siga prosperando de la mano de su decendencia lo que incluye los nietos.
La señora María Dilia es un paradigma de mujer palmera, de agricultora, de un buen ser humano que apuesta por la vida, la rectitud, la transparencia y por un mejor país, es feliz, pero cuando retrocede su película es consciente que no quiere volver al pasado y menos recordar desplazamiento y el caos de familias y vecinos que infortunadamente se convirtieron en tristes recuerdos, hoy pide mirando al cielo que el Guaviare y todos los departamentos colombianos tengan la vida feliz y esa tranquilidad visible que disfruta ahora, sencillamente porque salió de un mundo convulsionado para llegar a la palma, una plantación que afortunadamente es vida.
“Con mis palmas y con mi ganado he tenido muy buenos momentos y eso me permitió sepultar un pasado feo, de muy lamentable recordación, hoy vivo de manera distinta, me debo a mis obligaciones, quiero el bienestar para todos y por eso insisto en que muchos deben mirar con anhelo la palmicultura”, apuntó con mirada fija la noble María Dilia.
Dijo que la gente debe mirar al Guaviare, más que un departamento, explicó, es un paraíso en donde los que van se van enamorados del paisaje, de la fauna y la flora, también de sus ríos y de una gente buena que desea ver inversiones que permitan impulsar otros sectores como la agricultura y el promisorio turismo.
Con la palma, anotó la empresaria, hay valores agregados para el medio ambiente porque quienes la siembran se vuelven guardabosques, unos conservadores comprometidos de la naturaleza, de árboles, plantas en un mundo increíble de especies, pero también de animales silvestres que operan milimétricamente como médicos del entorno porque garantizan la salud en los ecosistemas.
Esta palmicultura tiene dos fincas, una cerca al pueblo llamada de 100 hectáreas llamado El Escondite que es donde crece la palma aceitera, pero tiene más de la mitad en selva virgen o nativa en donde se encuentra diversidad de frutos amazónicos, pero en esencia, acentuó, es un santuario de fauna, un logro de Fedepalma que invitó a la palmera a sembrar sin deforestar y por el contrario servir de guardiana de las especies naturales que no deben ser maltratadas o ilegalmente cazadas porque esas prácticas ilícitas son las que están llevando a un terrible e innecesario exterminio como se ve con los leones africanos, hoy en línea de extinción.
La palma, comentó la palmicultora, tiene mucho margen para crecer en el Guaviare porque hay tierras planas de sabana y enormes morichales que se mezclan con otras fuentes hídricas naturales, es decir que no hay necesidad de ir a tumbar un solo árbol, allá en esa región el terreno está listo para los sembradíos de palma.
Hay una historia interesante con los indígenas Nukak Makú, un pueblo nómada de la Amazonía colombiana que habitan o se mueven entre los ríos Guaviare e Inírida. Esta familia de la selva vive de la caza y la recolección.
Según los últimos estudios, los Nukak luchan por no desaparecer puesto que hay una amenaza latente de que sean borrados física y culturalmente.
El tema con ellos es muy llamativo, dijo la empresaria de la palma, María Dilia Castillo, porque los Nukak Makú hacen lo que no pueden hacer otros grupos aborígenes que subsisten con yuca brava y pescado, lo Nukak aprendieron a recoger el huasaí, también llamado acaí o naidí, un potente alimento amazónico. Se trata de una baya de tono oscuro matizada por estar cargada de antioxidantes y grasas saludables.
Este rico reconstituyente se come en forma de puré batido o refrigerado, usualmente es endulzado y resulta ideal mezclado con frutas o granola. Los indígenas, afirmó María Dilia, tomaron consciencia que cosechar el alimento es fácil, pero con la mayor responsabilidad porque si derriban la palma, no habrá una fuente del valioso huasaí en los siguientes años.
Los agricultores se dieron a la tarea de enseñarles a los nativos sobre cómo aprovechar los obsequios de la selva sin deteriorarla, por el contrario, cuidándola y haciendo todo por preservarla porque si hay palmas vivas y boscaje habrá manera de recolectar un producto que recolectan y exportan, también comercializan y se alimentan de patabá, una palmera de frutos morados, pusuy o mapora y uno de gran pedido, “mamita”, seguramente el mismo canangucho, conocido como zapote amazónico.
“En El Escondite tengo bastante huasaí o asaí, lo hemos recolectado por generaciones y yo les he pagado a los Nukak para que me bajen ese producto”, señaló la única mujer palmera del Guaviare.
Recordó que en la Amazonía pasaron muchas cosas para el olvido porque hubo esclavitud con el caucho, buscadores de riqueza que llevaron maltrato, situaciones terribles con los grupos indígenas y capítulos de violencia que dejaron muchas cicatrices, pero resaltó que independiente de esos momentos aciagos, la Amazonía supo reinventarse, salir adelante y demostrar que es capaz de muchas cosas en artesanía, agricultura, pesca, turismo como también en llevar el mensaje ancestral de acato y respeto por una cultura vetusta que vivió y dejó vivir, que jamás tomó más de lo que necesitó, lo que le permitió desarrollarse a su modo con la naturaleza.
Finalmente, María Dilia expuso que hay en Guaviare y en la Amazonía gente inteligente y buena, capaz de entender que el secreto de la vida está en la preservación, una lección vital porque se trata de saber leer del entorno que e lo más conveniente para los habitantes, para los ecosistemas y para el futuro.
“Yo quedé sola, asumí la responsabilidad de mis hijos, pero la vida me dio la mano, contario a lo que muchos creían no colapsé, seguí adelante, no abandoné el ganado, tampoco la palma y por el contrario mejoré en varios aspectos de productividad, jamás tuve finca de viuda, quiero aclarar que falleció mi esposo, pero me casé con el proyecto agrícola y voy muy bien”, concluyó la palmicultora de Guaviare María Dilia Castillo.
Las mujeres de la palma con proyección ejecutiva e investigativa
La ingeniera agrónoma con master en biotecnología Luisa Fernanda Peña Salgado quien se desempeña como coordinadora de polinización en la empresa agropecuaria Juradó afirmó que desde la parte de producción palmera la mujer tiene mucha relevancia, sobre todo en la palma de aceite híbrida en donde el protagonismo femenino es trascendental en una variable bastante importante que es la producción y los rendimientos por hectárea porque justo en esa labor de polinización asistida es donde más se aceptan mujeres que siguen dando resultados en favor de un sector palmero importante tanto en lo económico como en los social.
“Hoy siendo la coordinadora de polinización de esta área me siento bastante gratificada porque son muchas mujeres y niñas que desde muy jóvenes se enfrentan a estas brechas entre masculino y femenino, aunque el mundo evolucionó y hoy la mujer sigue creciendo en labores esenciales afianzándose como mano de obra indispensable para los cultivos. Son ellas quienes realizan la polinización asistida logrando florescencias que luego se van a convertir en racimos que finalmente son cosechados por hombres que al final es lo que da el dinero en las empresas”, comentó la ingeniera Luisa Fernanda Peña Salgado.
Resaltó que también tiene compañeras en la parte administrativa, en roles como talento humano, SCT, luego las mujeres no solamente están en la oficina contestando llamadas y siendo eficaces secretarias como creerían muchos, no, siguen destacándose y hoy se desempeñan en roles de gran importancia económica, cargos que están impactando positivamente los rendimientos por hectárea en el cultivo de palma de aceite.
La labor de las mujeres, que llevan a cabo y dirigen retadores procesos es muy satisfactorio, pero además es admirable e impactante conocer de la resiliencia de muchas operarias que tienen historias de vida, de crecimiento y formación humana, aspectos significativos para el sector palmero.
Luisa Fernanda tiene más de 100 personas a su cargo, 49 por ciento son mujeres, pero destacó que los hombres valoran el trabajo y el esfuerzo de todos en equipo, sin embargo, los cosechadores también se muestran de acuerdo con lo determinante y contundente que es el trabajo de las mujeres que hacen la polinización. Sin duda es demasiado agradable ver que las muchachas expertas en polinizar sean las que adquieran categoría por lo indispensable de su labor.
Hoy, especificó la ingeniera Luisa Fernanda Peña Salgado, hay espacio y oportunidad para que las mujeres demuestren todas sus capacidades técnicas e intelectuales porque el campo requiere muchos profesionales, gente formada para la investigación, la administración y todo tipo de competencias habida cuenta que habrá crecimiento en la ruralidad, pero ese ejército de mujeres igual se complementa con el trabajo y concurso de varones también formados y capacitados para hacer de las empresas verdaderos emporios de productividad ya que si hay talento y trabajo en equipo todo será mejor porque hay un objetivo en común y por ello nadie puede estar por encima de nadie en tanto haya conocimiento, compromiso y propósitos afines.
“El tema de genero ha ganado terreno y eso ayuda inclusive a los hombres porque hoy no se habla de una responsabilidad desde el machismo y la cultura del suministro unilateral, sino que hay parejas sumando en su casa y cumpliendo con las funciones de padre y madre sin que se sienta el peso más de un lado que de otro, hay hombres ayudando en los hogares y hay familias felices porque son dos en función del núcleo, algo que de manera paralela imprime valores cuando hay hijos”, expresó la profesional.
Hay una tendencia a crecer como personas y como profesionales, las mujeres quieren capacitarse, ser útiles en las siembras y en la ruralidad, pero sin dependencias o lineamientos trazados desde otra orilla pues las determinaciones deben partir de cada niña como persona independiente y dueña de su proyecto de vida, nada quieren saber las féminas de hoy de maltrato, humillaciones o condicionamientos. En las opciones de hoy, son las mujeres las que deciden que quieren y cómo pueden mejorar sobre bases de respeto, libertad y plena paz.
Esta muy brillante ingeniera dijo que la agricultura seguirá retomando espacios perdidos, indicó que la coyuntura demostró que cada país debe asegurar su alimentación y producción de materias primas porque nadie sabe en qué momento se interrumpen las cadenas de suministro, ahora bien, apuntó, hay cada vez más demanda de bienes agrícolas y pecuarios, abriendo el abanico de oportunidades, luego hay que sembrar, hacerlo bien y exportar, un trabajo que necesita mujeres preparadas, que ya las hay, nuevos talentos, que ya vienen y la fuerza laboral masculina que aporta y ayuda.
En palma y en otros cultivos, puntualizó, hay grandes empresas, pero dependen de los pequeños agricultores, de una, dos, 10, 15, 20 o más hectáreas para alimentar sus plantas con el fruto y poder hacer una eficiente agroindustria, luego hay modelos en los que todos los agentes se necesitan, se cumplen y salen airosos ante los retos que impone el mundo.
Apuntó que hoy se imponen las alianzas y esas sinergias venturosas en donde los grandes y los chicos se unan con aportes decisivos como transferencia de tecnología a pequeños y medianos labriegos que son los que mueven la agricultura en Colombia.
Luisa Fernanda Peña Salgado nació en el Cesar, lleva tres años viviendo en Urabá y está convencida que salir adelante es posible siempre y cuando el Estado cumpla con sus funciones y todos puedan enfrentar la vida sin miedo por nada, indicó que la seguridad es muy importante. Dijo que lleva años haciendo un recorrido de vida propia, salió del Cesar, se formó como bachiller en Barranquilla, partió luego a Montería y acabó en Chigorodó, Urabá, en donde no ha tenido temor por los riesgos, no así su familia que recuerda algunos capítulos amargos de la región por una cruda violencia que fue cambiando y entrando en otra dimensión económica y de crecimiento. La ingeniera agrónoma encontró su sitio en ese lugar del país, se rodeo de buenos amigos y se sintió respaldada, un punto en la Colombia increíble e impredecible que le ayudó a ser cada vez un mejor concepto de mujer.